Revista Velvet: #Cuentosvirales: Asedios

Un silbato de alarma cruza la avenida. Sofía despierta de golpe. Confundida. Consigue retener mínimos fragmentos; por instantes los sueños fugan. Ocultos por la violencia, enterrados bajo los escombros de los edificios había gente, cuerpos sin vida.

Se levanta y se asoma por la ventana. Una camioneta de Fuerzas Especiales atraviesa la avenida a alta velocidad. El semáforo está en rojo. El sonido de las sirenas va quedando atrás. La ciudad en silencio. Las calles vacías.

Nublado variando a parcial.

Sobre la ciudad gris y contaminada, los ocres y amarillos del follaje contrastan con un cielo turbio. Sofía adora los colores de la lluvia, el viento que mueve las hojas desteñidas de los árboles y las gotas que se derraman sobre el pavimento y las cosas. Cuando la luminosidad es perfecta, siente que algo en ella se modifica.

Se apoya contra el muro con la vista fija en algún punto del paisaje. La lluvia se detuvo, pronto el frío se vendrá insoportable. Se aleja de la ventana. Prepara café, vuelve a la pantalla y enciende un cigarrillo. Piensa que, después de todos estos años la mujer habría estado allí, sentada todo el tiempo en la misma posición, detenida y mental, con el cuerpo levemente encorvado hacia a la pantalla. Vuelve a aspirarlo hasta que se consume. Lo apaga en el cenicero. No puede dejar de pensar en el colapso. Una exasperante masa homogénea, densa, de cuerpos sin retorno que conspiran y elaboran para contradecir las promesas oficiales. La asfixia se comparte en esa deriva. Enjambres de incertidumbre y máquinas se reproducen originando nuevos pliegues donde circulan y se expanden personajes inacabados. Puede verlos transitar con propiedad, distinguir la resistencia de sus cuerpos opacados por las recurrentes imágenes. Sus movimientos en cámara lenta se ejecutan con imprecisión entre los aparatos inundando las pantallas.

Muy lejos de trastocar nuestra quietud, la de todos, una máquina incierta y peligrosa nos separa del mundo. Son espacios donde proliferan y se activan todo tipo de sujetos en crisis. Una vez adentro, jamás abandonas el sistema, su estructura.

Pulverizados por el Apocalipsis, somos multitud.

A veces, se distrae en lenguajes de verdades científicas y su tiempo se esfuma. Piensa en órganos, riñones, pulmón, hígados que flotan condicionados por la gran máquina. En las piezas y partes que los sobreviven, alteradas por las tecnologías para el bienestar. Empecinada en esos anclajes, Sofía proyecta estructuras donde otros se expandan y apropien de los escenarios. Hay días en que un vago impulso por abortar la asfixia y casi se decide a dejarlo todo, al menos por un tiempo. Pero, ahí está otra vez, anclada de manera definitiva a los aparatos. 

Sofía abre y cierra las carpetas, busca textos que no encuentra y son tantos que todo se confunde.

Su natural aversión al riesgo la ha llevado a clausurarse en el pequeño nicho. No recuerda la última vez que decidió salir, pero sí algunos intercambios. Recuerda a una mujer vestida con ropas de colores que fuma a la salida del aeropuerto. Ese día la gente va y viene en un tiempo rápido.

Es otoño, el viento tibio anuncia lluvia.

Novela en proceso, desde el año 2000.

Sobre la autora: 

Un silbato de alarma cruza la avenida. Sofía despierta de golpe. Confundida. Consigue retener mínimos fragmentos; por instantes los sueños fugan. Ocultos por la violencia, enterrados bajo los escombros de los edificios había gente, cuerpos sin vida.

Se levanta y se asoma por la ventana. Una camioneta de Fuerzas Especiales atraviesa la avenida a alta velocidad. El semáforo está en rojo. El sonido de las sirenas va quedando atrás. La ciudad en silencio. Las calles vacías.

Nublado variando a parcial.

Sobre la ciudad gris y contaminada, los ocres y amarillos del follaje contrastan con un cielo turbio. Sofía adora los colores de la lluvia, el viento que mueve las hojas desteñidas de los árboles y las gotas que se derraman sobre el pavimento y las cosas. Cuando la luminosidad es perfecta, siente que algo en ella se modifica.

Se apoya contra el muro con la vista fija en algún punto del paisaje. La lluvia se detuvo, pronto el frío se vendrá insoportable. Se aleja de la ventana. Prepara café, vuelve a la pantalla y enciende un cigarrillo. Piensa que, después de todos estos años la mujer habría estado allí, sentada todo el tiempo en la misma posición, detenida y mental, con el cuerpo levemente encorvado hacia a la pantalla. Vuelve a aspirarlo hasta que se consume. Lo apaga en el cenicero. No puede dejar de pensar en el colapso. Una exasperante masa homogénea, densa, de cuerpos sin retorno que conspiran y elaboran para contradecir las promesas oficiales. La asfixia se comparte en esa deriva. Enjambres de incertidumbre y máquinas se reproducen originando nuevos pliegues donde circulan y se expanden personajes inacabados. Puede verlos transitar con propiedad, distinguir la resistencia de sus cuerpos opacados por las recurrentes imágenes. Sus movimientos en cámara lenta se ejecutan con imprecisión entre los aparatos inundando las pantallas.

Muy lejos de trastocar nuestra quietud, la de todos, una máquina incierta y peligrosa nos separa del mundo. Son espacios donde proliferan y se activan todo tipo de sujetos en crisis. Una vez adentro, jamás abandonas el sistema, su estructura.

Pulverizados por el Apocalipsis, somos multitud.

A veces, se distrae en lenguajes de verdades científicas y su tiempo se esfuma. Piensa en órganos, riñones, pulmón, hígados que flotan condicionados por la gran máquina. En las piezas y partes que los sobreviven, alteradas por las tecnologías para el bienestar. Empecinada en esos anclajes, Sofía proyecta estructuras donde otros se expandan y apropien de los escenarios. Hay días en que un vago impulso por abortar la asfixia y casi se decide a dejarlo todo, al menos por un tiempo. Pero, ahí está otra vez, anclada de manera definitiva a los aparatos. 

Sofía abre y cierra las carpetas, busca textos que no encuentra y son tantos que todo se confunde.

Su natural aversión al riesgo la ha llevado a clausurarse en el pequeño nicho. No recuerda la última vez que decidió salir, pero sí algunos intercambios. Recuerda a una mujer vestida con ropas de colores que fuma a la salida del aeropuerto. Ese día la gente va y viene en un tiempo rápido.

Es otoño, el viento tibio anuncia lluvia.

Novela en proceso, desde el año 2000.

Sobre la autora: 

Un silbato de alarma cruza la avenida. Sofía despierta de golpe. Confundida. Consigue retener mínimos fragmentos; por instantes los sueños fugan. Ocultos por la violencia, enterrados bajo los escombros de los edificios había gente, cuerpos sin vida.

Se levanta y se asoma por la ventana. Una camioneta de Fuerzas Especiales atraviesa la avenida a alta velocidad. El semáforo está en rojo. El sonido de las sirenas va quedando atrás. La ciudad en silencio. Las calles vacías.

Nublado variando a parcial.

Sobre la ciudad gris y contaminada, los ocres y amarillos del follaje contrastan con un cielo turbio. Sofía adora los colores de la lluvia, el viento que mueve las hojas desteñidas de los árboles y las gotas que se derraman sobre el pavimento y las cosas. Cuando la luminosidad es perfecta, siente que algo en ella se modifica.

Se apoya contra el muro con la vista fija en algún punto del paisaje. La lluvia se detuvo, pronto el frío se vendrá insoportable. Se aleja de la ventana. Prepara café, vuelve a la pantalla y enciende un cigarrillo. Piensa que, después de todos estos años la mujer habría estado allí, sentada todo el tiempo en la misma posición, detenida y mental, con el cuerpo levemente encorvado hacia a la pantalla. Vuelve a aspirarlo hasta que se consume. Lo apaga en el cenicero. No puede dejar de pensar en el colapso. Una exasperante masa homogénea, densa, de cuerpos sin retorno que conspiran y elaboran para contradecir las promesas oficiales. La asfixia se comparte en esa deriva. Enjambres de incertidumbre y máquinas se reproducen originando nuevos pliegues donde circulan y se expanden personajes inacabados. Puede verlos transitar con propiedad, distinguir la resistencia de sus cuerpos opacados por las recurrentes imágenes. Sus movimientos en cámara lenta se ejecutan con imprecisión entre los aparatos inundando las pantallas.

Muy lejos de trastocar nuestra quietud, la de todos, una máquina incierta y peligrosa nos separa del mundo. Son espacios donde proliferan y se activan todo tipo de sujetos en crisis. Una vez adentro, jamás abandonas el sistema, su estructura.

Pulverizados por el Apocalipsis, somos multitud.

A veces, se distrae en lenguajes de verdades científicas y su tiempo se esfuma. Piensa en órganos, riñones, pulmón, hígados que flotan condicionados por la gran máquina. En las piezas y partes que los sobreviven, alteradas por las tecnologías para el bienestar. Empecinada en esos anclajes, Sofía proyecta estructuras donde otros se expandan y apropien de los escenarios. Hay días en que un vago impulso por abortar la asfixia y casi se decide a dejarlo todo, al menos por un tiempo. Pero, ahí está otra vez, anclada de manera definitiva a los aparatos. 

Sofía abre y cierra las carpetas, busca textos que no encuentra y son tantos que todo se confunde.

Su natural aversión al riesgo la ha llevado a clausurarse en el pequeño nicho. No recuerda la última vez que decidió salir, pero sí algunos intercambios. Recuerda a una mujer vestida con ropas de colores que fuma a la salida del aeropuerto. Ese día la gente va y viene en un tiempo rápido.

Es otoño, el viento tibio anuncia lluvia.

Novela en proceso, desde el año 2000.

Sobre la autora: 

Eugenia Prado Bassi, diseñadora gráfica, PUC. Co-fundadora de Ceibo Ediciones y actualmente directora de Palabra Editorial. He dedicado gran parte de su vida al diseño, edición y producción de libros. Entre mis obras, “El cofre” 1987. “Cierta femenina oscuridad” 1996. “Lóbulo” 1998. “Hembros: asedios a lo post humano” novela instalación, 2004. “Desórdenes Mentales” obra de teatro, 2005. “Objetos del silencio, secretos de infancia”, 2007, 2º edición en versión, corregida y aumentada 2015. Dices miedo 2011. “Advertencias de uso para una máquina de coser” 2017. Actualmente doy talleres de edición para proyectos literarios online. eugeniapradobassi.cl

Artículo disponible en RevistaVelvet.cl

    Deja tu comentario aquí