Asedios / máquina 7

REBOBINAR / REBOBINAR / REBOBINAR

Una bestia cae en pequeñas gotas como sangre efímera. Como un insignificante resorte de vida, anidada apenas tres días atrás, ascendió porfiadamente hacia un vientre donde no existía, siquiera, la posibilidad. Seca su boca y agitada, por dentro impúdica y ambígüa.
Una bestia, la más hermosa, se nos ofrendaría aquí sin que nos permitiera el entendimiento del instante en que siente la imperiosa necesidad de hacerlo. Sería una aparición. Un animal extraño. Un animal que no puede ser clasificado desde su continente. Se nos presentaría en un sistema de filosos quiebres donde no existe método, tampoco una experiencia de otro que impida la reiteración del acto. Tal vez, su único pretexto sea permear deseos, y así desplazar el “nada puede ser irremediablemente cambiado de su sitio”, por otra aseveración también irrefutable, cuando ve que todos los días la imagen, su propia imagen, puede ser modificada. Cuando el siglo recoge su mantel de huesos es momento ahora de una última función de máscaras.
Una bestia encerrada en su laberinto muge, duele, sangra a veces así, a contraluz de la pantalla. Evaporada en su nomenclatura o líquida y espesa se conecta a los flujos de mensajes, los afectos y las rabias, el conocimiento y los abusos. Su mente oscila entre esas conexiones. Registros de lo extremo sobreviven a los descartes, a las incansables quejas cuando ha dejado de ser la única referencia.
Una bestia rebota por las paredes de la habitación. Simultáneamente otra criatura circula por una historia idéntica. Todo se despliega como en un mapa. Son enormes cantidades de otros, extendidos sus fragmentos, los que transitan como diminuto enjambre a distancias imposibles. Allá afuera no, repite. Una bestia domesticada, hasta que asimila nuevas formas de contacto. Una fuerza la inclina con devoción hacia la pantalla cuando satelitales coordenadas activan un estado de amenaza. La máquina irá masterizando sus funciones indispensables. La bestia encerrada percibiría en el ambiente la furia, el odio, cuando entrañamientos y amuralladas formas de protección certifican sus posteriores erratas. Aturdidas las alertas aprende a agudizar sus sentidos más allá de toda forma. Uno que otro prejuicio, voces en un espejo que furiosas olfatean, buscan cuando el enjambre crece.
Una bestia se descompone en esta historia, desesperadamente otra y la misma. Infinitas veces repetida se alimenta de estos circuitos. Deseos por montones se descomponen enzimáticos, no de podridos enjambres sino de modificaciones eléctricas que, más que gestos de cariño, desatan sus más grandes amenazas sobre las gentes. Viejas historias de cuando el padre de todos los padres desataba sus deseos extendidos como un manto bordado de azufres. Registros poco confiables que materializan extraños sujetos que desaparecen entre las sombras. Sus cuerpos, más que un atentado, buscan provocar irritación. Orgánicos proliferan desatando sus economías. Una furia los remece. Cartografiados chocan bajo la presión de las incesantes máquinas, melodramáticos de revueltas y animosas creatividades se instalan justo donde las palabras se reducen a nada.
Una bestia acunada en la desolación se entromete por los costados, por los rincones entra. Su piel se deshidrata y hasta los dientes se pudren. La boca hiede, se extrema, el quiebre profundo. Furias, territorios desolados, gigantescas cifras de productos encallados se pudren en los puertos, amenazas, especulaciones y pronósticos fatales. El desborde de los mares arranca gentes de las costas, mueren cientos, miles. Extenuados se quiebran, se agotan, los cuerpos desaparecen, domesticados asimilan nuevas formas de contacto. Nuevas cruces en el cuerpo y un vaivén alborotado cuando nada complace. Cada vez más cómodamente sobre lo mismo, fluidos específicos flotan al interior del aparato. Alertados unos contra otros se aborrecen. Se respiran incertidumbres ancladas en la rabia. Los salidos a las calles nos imponen sus arrogancias. El tiempo acumula sus tensiones. Es odio, miedo, lo que alimenta la gran máquina. Adiestrados de conductas casi extintas, alejados ya de intentos, inhabilitados, cuando nada ha de pensarse sobre temas que a todos nos conciernen. Inactivos como objetos, sus cuerpos se desplazan torpes. Reducidos a miserables escombros nos acontece la amenaza, diversidades para todo y para todos se ofertan en las pantallas, adiestrados para un paisaje que veloz se modifica infinitamente a lo largo de los tiempos, amplificados los acontecimientos, incrustados de fechas y escrituras ancestrales y de todos los continentes nos armamos de pesquisas, interrogarse qué es primero, si las imágenes impresas con que proyectan los relatos con sobrecargas de desastres de muertos, escaseces de todo tipo o un apocalipsis real.
Una bestia ágilmente se desplaza por estas fibras justo a punto de explotar en cientos, miles de partículas. Su cuerpo apesta. Hay zonas donde ya no duele. Minúsculas esencias cuando el miedo acecha y es en presente el doble luto de esparcidas madres atrapadas de niños muertos y de territorios arrasados. Emocionante se percibe el depurado más fino en sus aristas.
Bestia madre serpentea hacia lo alto. Crece y se impulsa, luego se arrepiente de abrir y cerrar enjambres. Verla moverse a pequeños saltos es todo un espectáculo. Como por arte de magia las fibras y el cuerpo ya están en el otro hemisferio. Hasta que se sobrecarguen o revienten los escenarios. Dice. Otros clamarán histéricos cuidándose muy bien de donde poner la cola para articularse. Épocas de apuestas y corridas, qué más nos queda que jugar un poco y armarnos hasta los dientes de palabras ancladas a sonidos que las vuelvan intactas. A fuerza del estallido y la condición de atropellarse brutalmente, las débiles arterias podrían devastar el pequeño estanque y hacer que el corazón sangre lento sus imágenes.
Bestia-orgánica-mental-fluida, máquina textual, asedia, busca, acumula, es voz.
Una bestia cruel descansa en estas páginas aun antes que las palabras sellaran su metálica estructura. La tierra tiembla. El eje cruje. El organismo va perdiendo consistencia. Des-instalar el cuerpo, dice, politizar lo abyecto.
Una bestia busca aproximarse contra las superficies cuando la furia es miedo. Seca su boca y agitada, por dentro impúdica y ambigüa. Expulsada de acontecimientos evita que la fuerza se concentre para copiar y pegar tejidos deslizándose a expensas de unos y otros, frenéticamente dispuestos como acoples. Su cuerpo arde a contraluz con movimientos que alimentan mi desesperación. A contraluz, siempre a contraluz, como si el sol nos tocara.
Una de sus realidades extendida late y se multiplica al costado del padre, de todos los padres. Corrige. Hay dos padres, uno bueno, otro malo. Los padres se multiplican. Enormes cantidades de otros se desplazan infinitas veces repartidos, como tribus dispersas o desesperados insectos bajo amenaza. Son mentes, cuerpos, cientos de esos otros.
Una bestia huele destellos de oscuras paranoias. Cae, animal extraño, inclasificable como continente. Su cuerpo arde a contraluz, conectada a un sistema de filudos quiebres, iluminada de circuitos inalámbricos, programada y sin sentimientos ¿o los tiene?, débiles sentimientos cruzados por una realidad brutal. Visuales hoy las palabras son nada cuando aparecidas y discretas laten como reacios objetos de impulsos precarios.
Una bestia se instala en la parte inclinada de mi espalda. Su piel quema. Toda la noche la bestia gruñe. Intensamente hieden sus azufres. La creatura rastrea y propaga su genéticas sobre el cuerpo que husmea y se condiciona. Se entromete porque no encuentra, nunca encuentra. Nada permea su mirada.
Una bestia extiende sobre el pavimento su desesperación. Repartidas sus ganas, furiosa de asfixias jugaba a permitirse de palabras todo y que de contenidos se vacíen para verlas crecer, porque es justamente allí cuando sólo algunas son más que cualquier caricia, cuando sumergidas y atentas nos susurran sus mínimos intercambios. Ella, sumatoria de engendros, reproduce sus pulsiones extravagantes. Sus delirios crecen. Ávida de domesticación, dispuesta al roce, se desliza por estas pendientes. Ella se confunde con aquello aun cuando jamás sepa como se siente de tanto batallar a oscuras y el exceso de trabajo. El mismo plato, la misma gente. Sin embargo, su poder no reside allí sino anclado en la desconfianza, la falta de empatía y una brutal indiferencia.
Una bestia se agita para no desaparecer. Amoratada de tanto dar a luz palabras, cada noche con sus mejores gestos. Se refriega y olfatea contra las pantallas y los escaparates. Heridas sus percepciones de peste, maquetas irresueltas de posturas y maniquíes, sonrisas de olores nauseabundos. Allí, en un espacio quieto muy cerca de la víctima podría situarse la siguiente escena, su desarrollo.
Una bestia baila hasta el amanecer, recreando la nueva postura, la extensión de una libertad. Su cabeza está llena de humo. Sus manos sobre las teclas. Fundida de terror, su cabeza se apaga. Fría como una piedra, disuelta en la oscuridad de todos esos personajes que imagina. Un cruce geométrico de equilibrios, al fondo, las voces de criaturas que afectadas flotan, encendidas de color, combatientes de curiosidad. Los cuerpos son estelas de luz, trazos y trozos de tiempo sin historia.