Criaturas de Dios

Criaturas de Dios
DESVIACIONES DEL GALANTEO

Acerca de cuándo los hermanos Madrigal Salvatierra aprovechaban sus momentos entre juegos, sudorosos y sofocados sus alientos de respiraciones exhaustas y corrían por los jardines de la casa y se frotaban en la hierba aprovechando las mínimas ausencias.

1
El animal amansa sus ladridos. Abiertas sus patas se refriega y le pide sus caricias. Estimuladas cercanías, susurros sordos, excitados muerden, corren y hasta se revuelcan. Desatados sus movimientos, disfrutan a tirones. Entrecortadas risas. La fina raza. Agitado el amo de gemir sus babas. Y otra vez, el animal gimiéndole de vuelta. Moja, lame los enmarañados pelos. Aun así, contagiados entre gritos, perturbados crecen. Urge capturar al animal. Frotar sus ancas descubiertas. Muerde. Lame. Mientras el otro, se refriega. Infantil se expande. Repartidos sus abandonados pelos. Imitar sus movimientos enervantes. Vueltas y más vueltas gimen los manchados cuerpos hasta soltarse. Cuando es invierno y el agua inunda los jardines, apasionados corren, a salvo y lejos de todo, como criaturas en celo inflamados arden de felices. Algo más crecidos los niños juegan. El más pequeño despierta sus graves apetitos, los excitados juegos, las nuevas formas y descubrimientos. Morder felices. Suavemente revolcarse entre juegos y aromas sofocantes. Amanecidos ambos, el mayor tarda. Duerme. Traspasar distancias desde lejos. Gruñidas las doloridas ganas, su furia el pequeño avanza. Entonces, empujar las ropas y salir furioso, cama abajo y desgreñado. Muy noche. Enloquece. Lejos, un animal corre y con apenas verlo, se revuelca. Salta. Ladran sus florecidas ganas. Correr descalzos, los sofisticados hábitos cuando él, su furia empuja, patea y jala. Tiembla su placer largo, lento, entonces, le pide perdón.

2
El más pequeño aprende rápido, va y viene inventando cosas. El mayor, esquiva, finge, suplica. Sus deseos suspenden el tiempo. Atrapados en la íntima cercanía del vínculo, el mayor obedece. –No tengas miedo –dice el más pequeño entre esa inquietante oscuridad
Los juegos obligan, se confunden. Contagiados bajo la lluvia. El menor insiste, provoca. Sabe y muy cerca hostiga, lo descompone y no se detiene. Una y otra vez, el mayor suplica, se avergüenza y por momentos llora. Los besos obligan, se confunde, nunca puede contra sus habilidades. Entre privilegios se repiten las antiguas prácticas.
Arrasado por la insistencia del más pequeño el mayor fracasa, su incómoda torpeza le pide que no pare, que nunca pare de besarlo. Los deseos se multiplican. Desde pequeños corren, juegan a los besos y se tocan. Los niños son criaturas inocentes. Inexpertos, atrapados en sus húmedas salivas, avanzan, huyen, segundos, minutos.
Excitado el cuerpo, exquisitamente abierto, suave, detiene palabras. Sus pálidas manos se hunden. El mayor tiembla. Sumergido el menor avanza, se desliza, ambos convulsionan. Acoplados, propician sus naturales formas. Sobrepasados sucumben, mojados se alivian. Lamer con insistencia. Lamer muchas veces y de todas las formas. Acariciar el cuerpo, hacerlo estallar y que finalmente arda. Se acabe.

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Los pequeños cuerpos tardan sus naturales encantos, florecientes los reiterados brotes van, vienen, levemente crecidos entre destellos. Cubrir la impaciencia de los jóvenes. Esperar de la virilidad el estallido, fantasear la musculatura iluminada de hormonas despiertas a fuerza de golpes y de chicos embelesados. Son tantos y todos juntos. Aparecen por todas partes. A escondidas imitarlos. Desligarse. Íntimamente cerca de tardes a solas, girar levemente el cuerpo, turbarse como muchas veces, los pellizcos. Húmedos se evaporan, deslizados y lampiños, desnudos se miran. Apropiados de juegos, de cuartitos y guaridas, sobre colchones en desuso, expandidos, juegan. El mayor golpea. El menor acaricia. Sofocado el mayor, ansioso frota y se aprieta contra las axilas. Al contacto con los dedos obtiene sus primeros gritos. Envuelto, vibra, espeso de ganas. Tenso el capullo, vigoroso y desenvuelto, delicado de texturas, crece. Consigue de la forma su tamaño. El menor tensiona, con la boca pegada entre los muslos y sin dejar de frotar, los dedos concentrados suben, bajan, agitadamente, cuando exhalado y tibio el cuerpo tirita sus espasmos. Atrapar desencajado. Agarrar con fuerza los gemidos. Su corazón por dentro. Mojar las carnes. Empaparlas apenas entre pliegues. Una y otra vez el gesto, los aromas dulces, ácidos. Hundir la boca contra el fondo. Tragar vigorosamente.

4

Sácamelos tú y verás cómo florece. ¿Es cierto? ¿Tú qué crees? Tenía que pasarte alguna vez. O creías que solo a mí se me pondría así tan duro. ¿Ves cómo resbala? ¿Quieres sentirlo? Tocarlo. ¿Dónde te gusta? Muéstrame. ¿Cómo te gusta? Más apretado. Más cerca. ¿Cómo prefieres? ¿Te pondrás violento? ¿Duele? ¿Cuánto duele? Adentro. Me gusta así. Te haría desaparecer. Quiero que me hagas ahora. Más despacio. Ahora. Es lo que quieres. Más fuerte. Responde. Dámelo. ¿Lo quieres adentro? ¿Que te lo haga bien adentro? ¿Qué esperas? ¡No grites! ¿Te mojo? Puedes olerlo. Sentirme. ¡Sé cómo te gusta! Lo siento. Lo huelo. Eres mío. Sólo mío.

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Se detallan detergentes, artículos de despensa, cereales, conservas, vinos, licores y exquisitas carnes; abonos para el jardín, insecticidas, pesticidas y lo necesario. Sábado de compras en la casa. Las empleadas entregan sus listas, agitadas corren alguna olvida los productos y a escondidas raya con su mejor letra. La señora revisa. La señora decide. Maneja a la perfección las sutilezas en el trato. –Hay que estar encima–. Sabes cómo funcionan las fugas de dinero. Todos saben. Todos acatan. Obedecen. Control total sobre los sirvientes. El marido tiene sus pequeños asuntos y asiente todos sus argumentos, sus determinaciones. –Adiós, mi querido. –No olvides los chocolates –le dice el menor. –No te preocupes cariño. No me olvido. –Cuídate mamá –le dice el mayor. Esperan unos minutos, uno de ellos corre hasta la reja para cerciorarse, en el auto se alejan papá, mamá. Un día entero, piensa. Todo un día para nosotros.

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Las ausencias de los padres se hacen frecuentes. Con los años, los jóvenes amantes desarrollan sus habilidades para no ser descubiertos. Conocen cada puerta que comunica con un nuevo escondite. Actúan a voluntad, sin que nadie los interrumpa. Incorporados naturalmente los variados artificios, el menor aprende a divertirse. Turbado por la excitación, recorre los corredores yendo y viniendo por toda la casa. Durante la ausencia de los padres, todos se relajan. Empleados y niños, deciden no meterse unos con los otros. De esa forma, se evitan las reprimendas, los castigos. Los niños se pierden. Nada se sabrá de ellos durante el resto de la tarde.

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Sutiles formas de placeres evolucionan entre los muros de la fortaleza. En los mínimos escondites, muy inquietos detienen el tiempo. Inundados de cosquillas, avanzan los deliciosos despegues. Fluidos tibios resbalan, mordiendo hombros, techos, lámparas. Atormentados con furia entre susurros y voces. Sus labios pegajosos de salivas agitan cavidades adentro, sellados de pactos secretos. El menor se desliza cierre abajo, y crecido, lo toma entre sus manos. Acerca los labios. Su cabeza va y viene suavemente entre las piernas. Se detiene. Avanza. Atrapados los labios, precipita su confianza. Lento, suave. El mayor gime. Subyugados y envueltos, contagiados de insistencias, el menor juega. Levemente muerde. Cuello abajo, sigue el movimiento de sus labios. Agitado el cuerpo sube, baja. Presiona sus insistencias sobre el músculo cargado. El mayor, grita y se aprieta violento. Enloquece de placer. Aturdido por llantos gemidos, el menor se repliega. Se aparta, lo empuja. El mayor entonces lo toma entre los labios y muy suave repite los gestos. Adelante. Atrás. Hasta el fondo. Los abundantes gritos, sobre el rostro, los muslos, los labios, enteramente mojados se besan, gimen, desatados lamen de todas las formas, arden y hasta se duelen agotados entre los espasmos.

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Deseosos y excitados los hermanos ruegan por instantes de intimidad. La impaciencia crece. Mariano tiene el poder. Sabe cómo provocarlo. Aumentar sus deseos, hacerlos crecer. Mariano pone el cerrojo y sabe. Con la misma placentera inquietud, reconoce los pequeños fragmentos; recuerdos empapados de antiguas ocasiones. Recorre los espacios. Sabe que la demora hará crecer sus ganas. Sabe qué de encontrarlo, lo hará donde se ocultan los más delicados asuntos transitando por códigos estrechos, finamente guardados. Mariano lo atrapa. Caen abrazados. De un salto se levanta y sale corriendo. –¿Quieres alcanzarme? Le dice lanzando la chaqueta. –¡Inténtalo! –le grita y corre a esconderse entre los enormes castaños que arrastran sus espesas ramas por el suelo. Entonces, semidesnudo y con gestos obscenos Mariano se mueve para irritarlo. Juegos atrapados y recurrentes hábitos de antiguas fórmulas son los escondites. A huidillas desde pequeños, los hermanos avanzan, notable es la agilidad y el riesgo de sus aprendizajes. Cuando el mayor se esconde, el menor lo atrapa.

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En un sofocado impulso, el menor se abalanza sobre su hermano y oprime sus insistencias con todo el peso del cuerpo. Sus manos se aferran a los muslos. Pellizca con violencia. Los levanta. Ávido, se moja. Lo moja. El mayor excitadísimo cede. Se abre. Alzados los tobillos con un gesto incitante, se apoya contra los hombros. Sediento, se deja atrapar. Arrepentido y a punto, se repliega y aprieta. Susurrando, gime, balbucea. Mariano se hunde hasta el fondo y entre las húmedas paredes, se desliza. Jesús Andrés lo recorre con sus labios, expulsando su lengua resbalosa, pero Mariano lo empuja con firmeza sobre la cama. Amenazado, el mayor no resiste, se deja morder, chupar. Deslizado, baja hasta el pecho, pellizca su carne, el vientre, los muslos. Mariano se levanta y arrastra a su hermano cerca de la ventana, golpea firme contra sus nalgas. Enardecido por su resistencia, hace un nuevo esfuerzo, y estira las piernas para apartarlo definitivamente. Expulsado, el menor se agita. Siente que lo pierde huidizo, la dolorosa mueca, su ambigüedad. No soporta su rechazo. Actúa para irritarlo. Gesticula sus movimientos de señorita con sarcasmo, sobreactúa sus ademanes delicados. Jesús Andrés sabe que la broma de Mariano derivará en risas y gritos. Pero decide abandonar.

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En una casa habitada por mayordomos ciegos y servidumbres sordas. Entre susurros y sofisticadas habilidades se preparan los estupendos escondites. Favorecidos los encuentros furtivos y las ilícitas costumbres. Hectáreas de frutales, piletas lujosas, jardines explayados de alamedas, el dinero sobra, orgiásticos y desvergonzados de privilegios y derroches, permitidos los festejos, las agitadas copas se quiebran bajo la mesa, los recuerdo los dilatan. Cultos, adulados de buen gusto, refinados y tremendamente sensuales, los hermanos se incitan sin inhibiciones. Se detonan las miradas, se exasperan los enjambres. Dispuestos a todo. Pornográficos y desvergonzados se tocan, demasiado cerca. Consentidos y soberbios actúan sus costumbres. Se presagian desastres de perfeccionados vicios para aquietar el tiempo con sílabas detenidas. Contrariar las formas, satisfacer ternuras y extendidos ampliamente traspasar el vínculo, salpicados tímidamente de frases incompletas. Brillan los gemidos, profundamente atragantados y muy frescos agitados entran, salen, en círculos se agitan, atrapados se mueven, urgiendo necesidad, promovidas las costumbres se satisfacen a cualquier precio, se teme que los padres suban por las patas de la mesa y desenmascaren a sus hijos completando el paisaje familiar, pero lejos de vecinos entrometidos, la familia se satisface a voluntad. En las fincas se duerme por las tardes.

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La familia se reúne en el fundo. Se preparan los festejos para celebrar en grande. Un nuevo aniversario de los padres. Cercados por los enormes jardines las abundantes hectáreas de campo. Una fiesta sin invitados salvo los hijos. El delicado jardín estilo inglés, bordea uno de los costados en  recintos aledaños a la casa, desde allí se vislumbra la enorme piscina. Árboles frutales, y variedades de rosas y perfumes levemente distintos coronan el paisaje estival. Atentas a las órdenes de la señora, los sirvientes van y vienen con sus bandejas hasta dejar la mesa impecable y servida. Insiste en verlos a todos, salvo cuando Mariano está de viaje. Jesús Andrés obtiene su título de Ingeniero Forestal, convertido en profesional exitoso está obviamente a cargo de los negocios de la familia. Aún vive junto a sus padres a pesar de los reproches de Mariano por su falta de autonomía. Su vida sentimental es un desastre de reiterados fracasos, novias aburridas, pechoñas insoportables, que terminan por dejarlo. Claramente no le interesan las mujeres. La discusión gira en torno a la última novia. Todos juntos disfrutas el aperitivo. La madre le pregunta. –¿Cómo se llamaba esta niñita? No recuerdo su nombre –insiste distraída. –¡No sabes tratarlas! Es el punto. Nunca aprendiste de tu hermano, nadie se atrevería a dejarlo, y él, dejaría a todo el mundo. Te pareces tanto a tu padre. –¿No crees? –dice, dirigiéndose al marido. Risas. José María Salvatierra, está parado al lado de la ventana y se entretiene con una pipa. Fuma en silencio, irritado, pero puede soportarlo. Se evade, es un experto. José María Salvatierra, irá dejando irritantes estelas y aureolas de humo con su pipa. Mariano recién acaba de regresar de unos de sus últimos viajes por Australia y a pesar de los ruegos de la madre en sus intentos por disuadirlo, partirá de viaje a Europa y se quedará por unos meses dejando atrás la casa materna. Cada vez se preocupa menos de los demás. Vive en un lujoso departamento, regalo del padre al cumplir veintiún años. Ella jamás le perdonará a su marido haber facilitado su huida. Nada le importa tanto como sus viajes, sus aventuras sexuales, sus finas y exquisitas mujeres y hombres guapísimos. Mariano habla de sus proyectos. –Pienso dedicarme al cine. Tengo dinero y me interesan las apuestas arriesgadas. –No sabes cuánto me alegra, querido –dice, sonriendo halagada–. Tienes un talento innato y lo sabes. Mariano toma su mano y la besa. –Exageras –dice, incomodando a los demás. –Sabes cómo me aburro –agrega ella, aumentando la tensión. Durante todo el aperitivo, Mariano es casi el único que habla. La madre, de vez en cuando, asiente, interviniendo con comentarios livianos. Mariano no está muy convencido del mejor lugar, donde instalarse para poder dedicar más tiempo a la nueva empresa. Jesús Andrés se pasea con el aperitivo. Tiene que ser tan cáustico, piensa, mientras bebe otro sorbo. No soporta su soberbia. Lo mira mientras habla y gesticula. Se ha pasado la vida en proyectos que fracasan y sin la más mínima vergüenza, insiste en incomodarnos a todos con sus cuentos. Mariano marca a propósito los desniveles en el orden familiar, dejando muy en claro que él y su madre son completamente distintos. –Nadie entiende nada en esta casa –dice, mientras fuma y juega con la copa entre sus manos. El padre se incomoda. No participa de la conversación. Detesta sus excesos, cada vez más irritado, permanece con la vista fija en el extenso jardín. Al igual que Jesús Andrés, su padre no soporta la pedantería de Mariano. Lejos y contra sus enseñanzas y principios, él carece de toda moral. Detesta la ligereza de sus posiciones, sobre todo en materias políticas. Congraciado con una izquierda, inaceptable para todos. El padre evita hacer comentarios para no desatar la discusión familiar. Es sumamente fácil, piensa, muy fácil cuando no se ha invertido un ápice en ganar el dinero que desordenadamente malgastas. Nada a costas del propio esfuerzo. Pronto se avergüenza y muerde sus labios, puesto que él, José María Salvatierra hizo lo mismo. Y así más atrás, las dos últimas generaciones que resultaron bastante inútiles, y muy eficientes al momento de malgastar la fortuna familiar. Jesús Andrés administra el campo, los empleados y conoce muy bien los manejos de dinero. Tiene ideas bien puestas en la cabeza. Al menos uno de mis hijos aprendió algo más que frivolidad piensa. La madre celebra con risas los comentarios de su hijo mejor, que le resulta a cada momento más encantador. –Es verdaderamente preocupante cómo se ve el futuro –dice, encendiendo otro cigarrillo. El mayordomo avisa que es momento de pasar a la mesa. –¡Basta de palabras! –dice el padre y se levanta. Hagamos esto de una vez. Durante la celebración, ambos hermanos se miran de vez en cuando. La madre agita la copa y brinda repetidas veces por el placer de tenerlos a todos. Al fin, Mariano está de vuelta. Mariano, sin quitar los ojos de su hermano mayor, sonríe y toma un pedazo de pavo con las manos. Jesús Andrés percibe su mirada, la misma antigua y dolorosa complicidad, incómodo al ver que su madre los observa. Cuando Mariano no está de viaje, los hermanos se juntan, una o dos veces por semana en su lujoso departamento. El padre permanece concentrado en los manjares de la cena tiene la cabeza gacha mientras los momentos de brindis se suceden. El padre, de vez en cuando, interrumpe mientras los demás conversan. La madre libera las tensiones y esparce sus perfumes. La celebración se ilumina de recuerdos, al finalizar el almuerzo. Recuerdos de cuando todos vivían juntos y eran tan felices. Después de las delicias del postre entre copas y brindis, el padre saca uno de sus mejores licores, preparándose para el bajativo y enciende un habano, regalo de Mariano de otro de sus viajes por Cuba. El licor une por un instante el abismo que los separa. Una vez que los padres abandonan la sala, Mariano invita a Jesús Andrés a dar un pequeño paseo por la finca. Es un día bellísimo. Y saben que tendrán algún tiempo, antes de la hora del té. Salen juntos, Mariano de vez en cuando lo sorprende con sus bromas. Jesús Andrés sonríe convencido de que Mariano no tiene remedio.

Objetos del Silencio, secretos de infancia de Eugenia Prado Bassi

(fragmentos)

Ceibo Ediciones, 2015. $ 10.000. Venta directa con la autora.

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