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Sofía es la máquina desde el inicio.

Cuerpo-máquina de primera generación.

La preñez de la letra.

Dar a luz entre nuevos fármacos.

Fragmentada la bestia en el devenir de fibras ópticas y programada su mente, dañina avanza por los cables que la conectan al mundo.

Atenta a la llamada del desconocido. La máquina colapsa y se funde en otra. Somos “El experimento”, las mujeres mutan. El ambiente está cargado. Es poderoso, da miedo, tanto como leer a Poe, y en primera persona es aún más aterrador. La ausencia se digita en el teclado. El lóbulo de la oreja encaja en el auricular del teléfono de plástico rojo. La escritura transita entre los descalces. El sonido entra y la devuelve al mismo espacio que la aturde. La pantalla exuda vida. La cordura se interrumpe. Su personaje deambula sin materia. No avanza. Fracasa. La niña. La madre. Sofía. Todas ellas.

Cuerpos-máquina vestidos de siliconas ultra finas se acoplan sometidos a la punzante violencia hasta que colapsan. Los imagina recluidos en pequeñas celdas de paredes acolchadas. Resistentes a las temperaturas y los golpes como organismos de matices digitales o envueltos en telas vaporosas que se anuncian como nuevas criaturas en las pantallas. El virus desarticula la mente de Mercedes a punto de poner en riesgo algunas de sus rutinas. Allí donde la vida no sucede o todo sucede sin suceder, las imágenes flotan, todas a la vez.

Cuerpos-máquina condicionados a las irremediables rutinas, elaboran y re-elaboran múltiples intercambios de fuerzas productivas, impulsadas por los flujos hacia la competencia, estímulos provenientes de ineficiencias del sistema que activan todo tipo de inestabilidades.

Millones de células modificándose. Se abalanzan como buitres cuando la presa cae. El mercado avanza para delinear sus curvas. Piensa en la columna vertebral, el esqueleto, como una forma de ver las cosas, sin tanto misterio. Tiempos de liberar la comprensión de los objetos y de los inventos formidables.

Cuerpos-máquina se acoplan a la red. La mayor estabilidad está en los números. Siente que se aproxima a la recta final y se empecina en registrar los cambios. La mitad derecha del cerebro es muda e iletrada.

Sin mediar la voluntad se fija una memoria corporal que condiciona en el cerebro una conducta. Escribir hasta que las letras resbalen en la boca como el agua, con fluidez y ligereza. Torcer la palabra, mover las letras o atesorarlas en el dispositivo electrónico que a inicio de los años cincuenta revolucionó el mundo de las máquinas de escribir. Años después, alzadas contra la pesada estructura vertical, nos pondríamos en movimiento para conquistar libertades y derechos. Un cambio profundo y radical. Una vez liberado el cuerpo, todo se modifica.

La máquina impregna en el cerebro su estructura. Redes neuronales como espejos de la máquina, que la modifican más profundamente de lo que cree. El mecanismo se vuelve tedioso. Los períodos de trabajo cada vez más prolongados. Una vida, la suya, habita en estas páginas. El objetivo es aprender a almacenar la información y no dejase confundir por el sistema. Con la sensación de algo que siempre estaba a punto de suceder, el descalabro es la amenaza, pero de tanto esforzarse, el cuerpo empieza a pasar la cuenta y exige su parte. Se desconecta de la red y suspira aliviada. Su pesado cuerpo sube las escaleras.

Tendida sobre la cama imagina un nombre para el personaje. No puede dejar de pensar en ello.

Sofía-ciborg.

Sofía-máquina.

Sofía-duerme.

Sofía-sueña.

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